La Santa Misa


¡Ahora si vas a poder liberarte de esas pesadillas!

Ve a Misa.

Sigue al pie de la letra estas indicaciones:

Arrodíllate, persínate y haz una pequeña oración.

Disponte a participar en La Santa Misa que ahora comienza.

Lo primero que hacernos es pedirle perdón a Dios por ‘nuestras faltas.

Contesta, en voz alta, al sacerdote.

—Señor, ten piedad de nosotros.

—Señor, ten piedad de nosotros.

—Cristo, ten piedad de nosotros.

—Cristo, ten piedad de nosotros.

Si el sacerdote, o alguna otra persona cantara estas plegarias, contéstalas tú cantando, en voz alta, sin miedo, aunque no vayas entonado. Tú canta.

Ahora se recita una oración que en cada Misa es diferente. Tú eres todo oídos y vas repitiendo mentalmente las palabras que escuchas.

LECTURAS:

Las lecturas son hermosísimas: están tomadas de La Biblia y son pa­sajes del Génesis, de Los Hechos de los Apóstores y de otros libros. Siempre en nuestra mente preciosas enseñanzas; nos sugieren mil co­sas y tienen la virtud de hacernos sentir más cerca de Dios. –

SALMO RESPONSORIAL:

¡Los salmos son excelentes!

El sacerdote dice:

—Probad y ved qué bueno es El Señor.

Esto se repite tantas veces cuantas el ministro detenga su voz.

Cada vez que lo repitas, piensa y siente lo que estás diciendo.

Hay salmos que llenan de magia tu mente, que te envuelven como si fueran un manto de viento suave, como una caricia largamente esperada:

¡El Señor es compasivo y misericordioso! ¡ Yahveh, Dios mío, a Ti me acojo!

¡ En la angustia Tú me abres salida!

Cada día es un nuevo salmo. . . Cada día es una nueva enseñanza.

Va o llegar el día, muy pronto, en que cuando vayas camino de la iglesia, irás pensando: ¿qué salmo tocará hoy? y entonces tendrás la ilusión de ir a saludar a Dios con la esperanza de acogerlo dentro de tu corazón. Después viene el Aleluya.

Si el Aleluya se canta, participo; no te vayas a quedar callado. El tono que a Dios le encanta es el tono de la fe. Si tú cantas en voz alta, a manera de que te escuchen los demás, tu fe se irá acrecentando. Participó en el banquete, degusta los platillos que se sirven en La Santa Misa; no seas un simple observador,

¿Notas la diferencia que existe entre: Ir a Misa los domingos, por compromiso, por costumbre?.., y, por el otro lado, ir a Misa porque es una necesidad de tu espíritu porque es un alimento que hace falta como el agua misma. Antes de proseguir con La Santa Misa, digamos algo sobre el templo al que tú asistes.

Mira: el ser humano, como ya lo vimos, es espíritu, pero también es cuerpo visible y sensitivo. Escoge muy bien el templo al que irás a Misa, toma muy en cuenta estos puntos:

– Que tenga un buen equipo  sonido. Que la voz del sacerdote llegue clara hasta tus oídos.

  • Busca el templo adecüado y si hay necesidad de cambiar, ¡hazlo!
  • Escoge el que más te convenga, si es que tienes la oportunidad de elé­gir entre varios.
  • Fíjate muy bien en la actitud del sacerdote: escoge al ministro que más te eleve, con su piedad, a Dios.

En tina palabra: Elige el templo que más te guste.

Ir a Misa es un placer; busca que sea lo más completo posible.

EL EVANGELIO:

Quiere decir: buena nueva. Es la palabra y la enseñanza misma de Cristo.

Tú, como Santo Tomás, creerás porque tendrás la oportunidad de sen­tir, en ti mismo, la presencia de Dios. Esos milagros de hace dos mil años se repetirán en ti al devolverte la confianza, el perdón a ti mismo y, desde luego, el perdón hacia los demás;  la tranquilidad, la paz.., la felicidad.

La Palabra de Dios es como un rocío que permanece por los tiempos. Su mensaje es una voz viva que canta en nuestros corazones.

Sus pasos, como en los santos lugares, vuelven a tener eco como si respondieran a la voz del tiempo.

Escucha la Palabra de Dios con el mayor recogimiento, con todo in­terés.

El sacerdote dice: “Continuación del Santo Evangelio según San Juan”.

Y tú vas captando las palabras como si fueran semillas; así como la tierra no se preocupa de que germinen, tampoco te preocupes tú. Cada evangelio tiene su enseñanza, su mensaje, un colorido de flores.

Es la voz de Cristo, que como un milagro, se multiplica a través de los siglos, a través de las gentes, a través de la fe…

La Palabra de Dios es como un ropaje, lujosísimo, que cubre la pobreza del cuerpo endeble y enfermizo.

La Palabra de Dios es salud y esperanza, es fuerza y cariño.

La Palabra: El Verbo, se hace carne y habita entre nosotros:

En muy breve tiempo aprenderéis a degustar El Evangelio y te pesará llegar tarde a Misa… Tú te preguntarás, ¿de qué trató el Evangelio de hoy? y harás planes para llegar ci tiempo el día de mañana en el que no te perderás nada.

El Evangelio…

No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. . .” (Mt 4,4).

Tú atesorarás en ti mismo el don de la sabiduría cuando aprendas a decir: Hágase, Cristo Señor, tu voluntad.

Tú poseerás ese don maravilloso de la fe y podrás decir: Señor, si Tú quieres, puedes curarme.

Y Dios, a través de su lenguaje maravilloso, te responderá: Sí quiero. Queda curado; tu fe te ha salvado.

El Evangelio…

Asimilo, atesora cada una de las palabras del sacerdote, como si fueran monedas de oro.

Acoge el mensaje. Ve pensando en lo que te quiere decir Cristo. El tiene un mensaje, diferente, para cada ser.

¿Has captado ya qué te quiere decir Cristo hoy?..

En La Santa Misa celebramos el renacimiento del sacrificio de la Cruz. Cri’sto murió, derramé su sangre, por todos nosotros.

Cristo, como en los santos lugares, está presente y su voz se escucha; es por la fe que recibimos su mensaje. Esa fe irá creciendo en ti y, como un grano de mostaza que es pequeñísimo, se convertirá en una planta gran­de, frondosa, llena de fruto.

El Evangelio…

Sí, toda la Biblia está llena de verdad, de enseñanza, de consuelo; en El Evangelio está la flor de la vida: la voz misma del Hijo del Hombre.

EL OFERTORIO:

Se ofrecen el pan y el vino que se convertirán en el cuerpo y la san­gre de Cristo.

En muchas ocasiones se elevan cantos.

Participa. Canta. Disfruta estos momentos.

Para ti no hay otra cosa que estar en la casa del Señor.

Los problemas y las preocupaciones han quedado lejos.

Es hora de cantar:

“Te presentamos el vino y el pan bendito seas por siempre, Señor”.

Mientras el sacerdote recita las palabras del ofertorio, piensa un poco en ese pedazo de pan, en esa porción de vino.

En este momento son simplemente especies visibles: pan ázimo, uva fermentada.. . ese pedazo de pan es igual a muchos otros; todavía no tie­ne nada en especial. Esa porción de vino es igual al resto del líquido que ha permanecido en la botella. Son dos especies comunes y corrientes. Pero esas especies, sin nada en particular, se van a convertir en el cuerpo y la sangre de Cristo. Cristo se hará presente en el altar, de la misma manera que lo estaba cuando consagró las especies en compañía de los apóstoles.

Esas especies de pan y de vino son como la oscuridad de la noche que, por el tacto maravilloso de los rayos del sol, se transforma en un ama­necer pleno de promesa.

Imagínate a las especies de pan y de vino como a tu propio cuerpo y sangre.

Sin la palabra de Dios permanecen iguales: cuerpo y sangre,

enfermedad y carencias,

pero cuando a tu cuerpo y a tu sangre las toca la Palabra de Dios, e transformas en un templo vivo. . . en el cual habita Dios.

El Ofertorio. .

Ofrécete a Dios, como un pedazo de pan.

Dile que infunda en ti Su espíritu y Su gracia.

Dile que tienes deseos de amar más a tu familia, a tu esposa, a tus hijos, a ti mismo.

Dile que te ofreces, al igual que ese vino y ese pan que te acoja en sus manos

que te dé la salud y la felicidad.

La Santa Misa continúa con preciosas oraciones y cantos.

Llegamos ahora a la parte medular, fundamental del Sacrificio.

LA CONSAGRACIÓN:

“Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y,. dándoselo a sus discípulos, dijo: ‘Tomad, comed, este es mi cuerpo’. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se las dio diciendo: ‘Bebed dé ella todos, porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados’. (Mt 26, 26-28).

Los discípulos, sentados a la mesa del Señor, tomaron un pedazo d’ pan de la misma manera que nosotros lo hacemos cuando nos acercamos a comulgar; sin embargo, el signiticado de comer ese pan, ya consagrado, es la realización plena de los deseos de Cristo.

Que comamos Su cuerpo como el alimento fundamental de nuestra

Nosotros tenemos un cuerpo visible, sensible: el hombre necesitaba de signos materiales: el pan y el vino, para entender que no s6lo el espíritu es el que se alimenta de Dios, sino todo el hombre y que el pan o alimento esencia de los hijos de Dios es, precisamente, Dios mismo hecho hombre.

La Consagración…

Es ún mandato dé Cristo que tañe su Amor por siglos y siglos… La Consagración son las mismas palabras deL Señor

proferidas en mil idiomas

pero en un solo lenguaje: el del Amor.

La Consagración es un trigo que florece en el mar o una vid que llena de esperanza al desierto.

La Consagración son las mismas manos y la misma voz de Cristo, en cualquier parte del mundo.., si florece en nosotros la fe.

Recordemos al centurión aquel que dijo a Cristo: “Señor, no hace fal­ta que vengas a mi casa, di tan sólo una palabra y mi siervo quedará sano”. Y Cristo respondió: “En verdad os digo que jamás había encontra­do tanta fe. Hágase según tú lo has creído”. Y el enfermo sonó en aquel preciso instante.

Cuándo tú asistes a La Consagración, escuchas las mismas palabras que pronunció Cristo ante sus apóstoles. En ti está creer que aquellas son las palabras del Señor.

Está en ti y sólo en ti seguir contemplando esa hostia como otro de tantos pedazos de pan.

La fe te permitirá creer que en el altar, por medio de las palabras de La Consagración, se está haciendo presente el mismo Cristo que se nos ofrece como alimento. La Consagración es el momento en que tú estre­charás aún más tu comunicación con Dios. Arrodíllate, ofrécete a El con todas tus fuerzas, con todo tu corazón, con todo tu ser. Dile que te aban­donas en sus manos y que quisieras tener la misma fe de aquel centurión.

Haz esta oración: Sí, creo, pero aumenta en mí la fe.

Cuando tú, poco a poco, a través de tu diario caminar para encontrar al Señor, vayas sintiendo en. ti cómo se hace presente Cristo, podrás de­cir, tal vez, como aquel hombre: Di tan sólo una palabra y yo quedaré sano. Y Cristo, con ese lenguaje maravilloso suyo, se expresará en ti.

SENTIR BONITO:

Tú no debes preocuparte de que sientas o no bonito. La fe es una fuerza, tremenda, capaz de arrancarle a Dios la salud para tu cuerpo y para tu espíritu. No te preocupes, jamás, de que no sientas nada o que tal o cual día tú sentiste muy bonito. Eso no tiene nada que ver.

El camino de la fe es un conducto de comunicación tuya con Dios.

Tú vas a poder captar realmente lo que es la fe cuando las dificulta­des y los contratiempos no te acobarden ni te debiliten.

Tú vas a sentir la fe cuando aprendas a confiar plenamente en Dios. Nada ni nadie podrá perturbar tu paz…

Tú sentirás que la fe es una fuerza que sostiene aún en los momentos más difíciles de tu vida.

La fe se incrementa a través de la comunicación con Dios.

No te preocupes, tu fe crecerá, imagínala como una plantita a la que hay que regar todos los días, cuidarla. Esa pequeña planta será, mucho antes de lo que tú imaginas, un árbol frondoso, lleno de protección.

La Consagración.

Presencia viva de Cristo en el altar. Es la fe, tu fe, la que hará posi­ble que sientas en ti mismo el mandato del Señor: “Tomad y comed, esto es mi cuerpo. Tomad y bebed, esto es mi sangre”.

Entonces, cuando tú hayas acogido, hecho tuyo el mandato de Cristo, podrás escuchar, en las palabras del sacerdote, la voz misma del Señor y en ese pedazo de pan sabrás que está La Palabra…

aquella que puede curarte… aquella que te dará la vida…

EL PADRENUESTRO:

Durante La Santa Misa recordamos la oración que el mismo Cristo nos enseñó: Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nom­bre. Venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día danos hoy y perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Amén.

Ya hemos visto que oración es lo mismo que comunicación con Dios.

Cuando el sacerdote vaya recitando el Padrenuestro, tú ve siguiendo cada una de sus palabras y pensando bien cada frase.

Tu comunicación te va a ir librando, casi sin notarlo tú, de tus ten­siones. El hecho de que pienses en las palabras de Cristo y que te dejes envolver por su mensaje, te permitirá concentrarte en cada uno de los asun­tos que tienes que atender durante el día.

Tú notarás, con grande alivio, que mientras mejor te comuniques con Dios, tus cosas caminarán mucho mejor. La comunicación con Dios es con­ducto del que pende una vida sana, llena de fruto.

Por medio de ese conducto-comunicación recibiremos La Palabra: la paz, el consuelo, la salud..

Si en alguna ocasión te hacen esperar y tú no tienes nada que ha­cer, ensaya esto: piensa qué te dice a ti cada una de las frases del Padre­nuestro: verás que encuentras mensajes muy valiosos.

A ti se te puede ocurrir alguna oración, ya vimos que orar no es otra cosa que comunicarse con Dios; mientras más confianza tengamos, mejor será la plática. De esa plática con Dios, llena de confianza, es posi­ble que brote la poesía:

Papá Dios

que vives en eternidad de paz y amor pon ritmo de alabanza a mis pasos para que se encaminen con gracia al corazón mismo de tu ser.

Oye: tus deseos son órdenes para mí pero me cuesta trabajo perdonar: dame generosidad en el perdón, alimento para mi cuerpo y fortaleza a mi espíritu hecho a imagen y semejanza tuya.

Papá: Préstame tu mano para que no caiga y libra a mi familia de todo peligro y de todo mal. Te queremos mucho.

Recuerda, cuando reces el Padrenuestro, que a Dios le hablas de tú, con la confianza y el cariño de un hijo que abraza y besa cí su padre..

La Santa Misa concluye con el banquete más espléndido de los siglos.

Ponte tu traje de gala, limpia el polvo del camino, porque tu Papá, el que te ama con todo su corazón, se alegra de que hayas vuelto tus brazos a El. El banquete es en tu honor: La Comunión.

LA COMUNIÓN:

Comunión quiere decir comunicación estrecha, íntima.

En La Comunión tiene lugar, a través de la fe, el acto de Amor más hermoso que puede contemplar el mundo: El Amor se convierte en vínculo que hace de dos seres uno solo. El hombre que estaba enfermo, sana. El campo que estaba árido se llena de verdor y de frutos. El alma que estaba herida con traumas, se cura como si La Comunión fuera un agua de vida y salud.

Imagina a un padre amantísimó que lo da todo por su hijo. A un de­terminado momento, cuando el hijo es ya mayor de edad, un día, sin ma‑

yores explicaciones, el Joven se aleja y jamás se vuelven a tener noticias suyas. El joven se hace hombre y pasan muchos, muchos años.

Triunfa en la vida, alejado de sus padres; gana muchos bienes, pres­tigio y poder. Se casa y él, a su vez, tiene varios hijos.

El mayor de ellos tiene casi el mismo tono de voz, la misma forma de caminar y hasta de sonreir del padre, no en balde ha heredado sus genes; el parecido de ambos es asombroso: la gente llega a decir que parecen co­mo dos gotas de agua.

El padre deposita en su hijo mayor toda su confianza y pone en sus manos las riendas de sus grandes negocios pero, un día, aquel hijo aban­dona la casa paterna y jamás vuelve a saberse nada de él.

Este hombre de negocios siente en sí mismo lo que él, un día, hizo a sus propios padres. Se arrepiente, llora su falta y vuelve, lleno de humil­dad a la casa de sus progenitores. No hay necesidad de pedir perdón; sus padres, desde que adivinan su figura a lo lejos, salen a recibirlo. Lo abra­zan, lo llenan de besos y ordenan la más grande fiesta en su honor.

Aquella casa, en la que siempre había existido un vacío, se llena co­mo un sol, de Amor, de luz, de felicidad: El hijo ha vuelto.

Entre los padres y el hijo, que regresa a casa, existe una comunión estrecha de Amor y aquel Amor es tan grande que quisiera abarcar más, compartirse con los demás. Hacen falta muchos invitados para que com­partan la felicidad que se desborda…

Hasta que tú has sentido en carne propia la herida del desamor, has podidd comprender…

Cuando las heridas te deprimen y te hacen sentir infeliz, insatisfecho, tú tienes el remedio a la mano: Vuelve a casa. Regresa o tu Pudre. Mira: tu parecido con El es muy grande, tú fuiste hecho a Su imagen y seme­janza.

Lo único que te hace falta para sanar es Amor. . . a ti mismo. Tú te estás produciendo tus heridas, tú estás castigándote inútilmente, eres tú mismo el que no puedes perdonarte.

La Comunión.. es bálsamo que cura todas las heridas.

La Comunión es comunicación de Amor, de paz, de salud completa.

La Comunión es El Amor mismo que penetra en ti y se queda dentro para formar, con tu vida, una sola vida: la del Amor. Tú puedes buscar, como un loco, mil satisfacciones en la vida; la única que te llenará, que colmará tus inquietudes, es el Amor.

Amor a tu esposa, a tus hijos, a tus padres, a la gente… y lo más difícil de conseguir: Amor a ti mismo.

Cuando tú te desgarras y te haces pedazos interiormente, tú no te estás amando a ti mismo.

Cuando tú te dejas dominar por ese angustioso estrés y piensas que ya no tienes remedio, que tus nervios van a llegar a estallar… tú no te amas a ti mismo. Tú te castigas, sin piedad.

A ti te falta una sola cosa: que acojas en ti mismo al Amor, que lo recibas y lo aprisiones dentro de tu propio ser. El Amor se ofrece a ti por medio de un pedazo de pan.

El Amor es vínculo. Tú notarás que, poco a poco, tú querrás com­partir el Amor con los demás. Ya no serás el enfermo que busca consue­lo… Tú querrás llevar consuelo a las gentes. Tú sentirás la necesidad de Amar, de comunicarte mejor con los demás. Amar es darse, entregarse, servir.

La Comunión te dará la completa felicidad en tu vida.

La Santa Misa termina cuando el sacerdote nos dice: Idos en paz, nuestra Eucaristía ha terminado.

Si tú has recibido a Cristo y te has unido a El con todo tu corazón, no te preocupes, tus huellas irán esparciendo la paz.

Veamos ahora nuestra comunicación con María.

LA MAS HERMOSA DE TODAS LAS CRIATURAS:

Cuenta un poeta que, cierto día, Dios alentó su inquietud de saber cuál de todas sus creaciones era su obra maestra:

Contempló el canto de la cascada y las sonrisas infantiles.

Vio los hoyitos que los niños hacían a la oscuridad de la noche

para dejar pasar la luz de sus miradas. Contempló un atardecer como si las luces las nubes y hasta el viento mismo cantaran sus amores al Creador. Escuchó la voz adormecida del mar

que arrullaba con encajes de espuma blanca.
Su mirada fue siguiendo el vuelo del ruiseñor
que pintaba con su canto
la ilusión misma de vivir…
De pronto, como si escuchara el eco mismo
de su corazón
El Señor posó su mirada
en el encanto de una madre
que protegía los sueños de su niño…
El Señor quiso, a semejanza del hombre,
tener también el tesoro infinito
de una madre…

Cuando once de los apóstoles abandonaron a Cristo, María estuvo siempre al pie de la Cruz.

Cuando Jesús era niño debió recostar sus sueños en el cariño de su madre.

A petición de Ella, fue que el Señor hizo su primer milagro.

COMUNICACIÓN CON MARÍA:

¿Cómo crees tú que Cristo quiera a su propia Madre?.

¿Piensas que El Señor sería capaz de negarle algo a mamá?.

Si hablamos de mujer… Ella fue la más cercana a su corazón. Cristo mismo es un suspiro del corazón de su Madre.

COMUNICATE CON MARIA:

Háblale de tus penas, desahógate. ¡Dile todo lo que sientes! Ella puede ayudarte. María intercederá por ti. Comunícate con María.

Tus oraciones de la noche pueden ser un misterio del rosario y, si las haces en familia, con las voces de los niños, su comunicación tendrá un mensaje de cariño más hermoso.

Comunícate con María..

Ella es la obra maestra del Señor, es su consentida, es la niña de sus

ojos. El milagro de las Bodas de Caria puede repetirse en ti. El vino que Cristo te ofrece

por las manos de su Madre es el vino más rico de los tiempos:

EL AMOR.

FIN

El estrés, la ansiedad, la depresión y muchos otros padecimientos, destrozan nuestras vidas y acarrean problemas tremendos. El autor de este libro padeció durante muchos años un agotador estrés que lo sumía en depresiones terribles y lo hacia profundamente infeliz.

León Hual requirió de tratamiento especializado (psiquiatras, psicólogos, etc.) y en esa búsqueda por resolver sus problemas, se acercó a Dios y encontró en El la palabra, el alimento y la terapia para recuperar la salud y la felicidad.