Familia, lugar del perdón


FAMILIA, LUGAR DE PERDÓN …
No hay familia perfecta. No tenemos padres perfectos, no somos perfectos, no nos casamos con una persona perfecta ni tenemos hijos perfectos. Tenemos quejas de los demás. Decepcionamos unos a otros. Por eso, no hay matrimonio sano ni familia sana sin el ejercicio del perdón. El perdón es vital para nuestra salud emocional y la supervivencia espiritual. Sin perdón la familia se convierte en una arena de conflictos y un reducto de penas.
Sin perdón la familia se enferma. El perdón es la asepsia del alma, la limpieza de la mente y la alforria del corazón. Quien no perdona no tiene paz en el alma ni comunión con Dios. La pena es un veneno que intoxica y mata. Guardar el dolor en el corazón es un gesto autodestructivo. Es autofagia. El que no perdona se enferma física, emocional y espiritualmente.
Y por eso la familia necesita ser lugar de vida y no de muerte; El territorio de cura y no de enfermedad; El escenario de perdón y no la culpa. El perdón trae alegría donde la pena produjo tristeza; En la que el dolor causó la enfermedad.
Papa Francisco.

Verdaderos tesoros


Debemos valorar más lo que tenemos y que nos fue dado gratuitamente por la vida. Los amigos, la familia, la sonrisa de los hijos, el conocimiento que adquirimos, la salud o el poder razonar. Éstos sí, son verdaderos tesoros.

El verdadero tesoro


El dueño de un pequeño negocio, amigo del poeta Olavo Bilac, cierto día lo encontró en la calle y le dijo: “Señor Bilac, estoy necesitando vender mi casa, que usted tan bien conoce. ¿Me podría redactar un anuncio para el diario?

Olavo Bilac tomó lápiz y papel, y escribió:

“Se vende encantadora propiedad, donde cantan los pájaros al amanecer en las extensas arboledas. Rodeada por las cristalinas aguas de un lindo riachuelo. La casa, bañada por el sol naciente, ofrece la sombra tranquila de las tardes en la varanda”.

Algunos meses después, el poeta se encontró con el comerciante, y le preguntó si ya había vendido la casa. “No pensé más en eso, dijo el hombre. Después de que leí el anuncio me di cuenta ¡de la maravilla que tenía!”.

A veces, no nos damos cuenta de las cosas buenas que tenemos, y vamos tras falsos tesoros. Debemos valorar más lo que tenemos y que nos fue dado gratuitamente por Dios. Los amigos, la familia, la sonrisa de los hijos, el conocimiento que adquirimos, la salud o el poder razonar. Éstos sí, son verdaderos tesoros.